Última Función
Tengo grabada en mi mente la escena de una película vista hace mucho tiempo. Ifigenia, del director griego Michael Cacoyannis. Es la escena más larga que me ha tocado ver en el cine: un nutrido grupo de guerreros griegos espera en una playa la orden para ir a la guerra. Cientos de barcos los aguardan para zarpar a Troya pero la ausencia de viento les impide partir. Portan sus pesadas armaduras, cascos y lanzas que relucen al sol del mediodía.
Han esperado por mucho tiempo, más de lo soportable, sin embargo no llega la instrucción. Su líder se encuentra ausente consultando el oráculo, a los adivinos; los zopilotes revolotean sobre el frágil cuerpo de su hija. Reina el desconcierto. Se pierde la compostura. Uno a uno los bravos guerreros van cediendo al calor y el tedio. Se derriten sobre la abrasante arena. Todo esto sucede con extrema lentitud, la cámara recorre los hermosos cuerpos y los rostros sudados. Bronce y piel, mar y sueño. Un long shot interminable que integra todo en un solo fresco. Es cine, pero es también pintura que respira apenas, que casi no se mueve. Es escultura clásica pero también regodeo homosexual: demasiado cuerpo masculino por demasiado tiempo. El atento cinéfilo se extravía en esa masa corporal, pierde el hilo narrativo, hasta olvida que se encuentra sentado en un cómodo sillón. De repente se vuelve perceptible la respiración de los demás, el nerviosismo imperante, el reclamo colectivo apenas contenido. Es grande el esfuerzo intelectual demandado por el director.
No recuerdo las escenas subsecuentes, pero seguramente la bella Ifigenia, fiel al mito, se elevó transformada en una nube cediendo su lugar a un carnero para ser inmolado en su lugar; los bravos guerreros habrán recibido finalmente la orden de avanzar gracias a los vientos favorables y así cumplir su heroico destino frente a los muros de Troya. No sabría decir si la película es buena o mala, sin embargo aquella única escena la he guardado como un tesoro.
Pero ¿por qué esta película? ¿Por qué esta escena y no otra? La respuesta inmediata sería que por su fuerza visual, además de la inusitada longitud de la misma. Pero algo más sería necesario para haberse incrustado de esa forma en mi memoria. El asunto de la espera, probablemente. El tiempo estirado hasta el infinito mientras los hombres aguardan la orden de partir. Existe sin embargo una carga adicional: el tiempo suspendido en la mencionada escena tiene un halo de grandeza, algo de solemne y sagrado. Aguardar la orden de partir a la guerra no es un asunto que pueda tomarse a la ligera.
De hecho la situación se repite en multitud de películas: los marines norteamericanos en las horas previas al desembarco en Normandía en la multipremiada Rescatando al Soldado Ryan de Steven Spielberg; los apaches bailando la danza de la guerra antes de salir a combatir a los carapálida en las cowboyadas, como les dice mi mujer, o en los vagos rituales de los bárbaros y romanos antes de un crucial enfrentamiento en El Gladiador hollywoodense. Sin embargo ninguna tiene la majestuosidad de los soldados griegos derritiéndose al sol.
La luz demasiado intensa o el deslumbramiento provocado por vidrios y espejos me traen a la memoria los aceros de esos soldados griegos. En las playas vacías de nuestro Pacífico cercano se me aparecen cual espejismo sus relucientes cuerpos. Las interminables horas en las oficinas y consultorios médicos me transportan a las filas de la legión expectante. Pero todo esto es demasiado mundano. Aquella espera es grandiosa. Estos hombres van a enfrentar su destino, El Destino; saldrán vivos o muertos de la batalla. Además se han ganado a pulso, de la mano de Homero, un lugar en el panteón de los héroes, una línea con letras de oro en la historia universal. Un pase directo a la inmortalidad que otorgan los mitos y leyendas. Sin embargo, hélas, no son más que actores que por unos cuantos dracmas y el magistral trabajo fotográfico de Giorgos Arvanitis nos han permitido percibir algo muy cercano a lo sagrado.
Mostrando entradas con la etiqueta ANTES DE LA BATALLA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANTES DE LA BATALLA. Mostrar todas las entradas
ANTES DE LA BATALLA, Ángel Miquel
¿Qué es Antes de la batalla, un cuento, una novela gráfica, una historia de cine, una historia para el cine? En realidad tiene un poco de todo esto, es lo que podría llamarse un libro híbrido, como el personaje mitad toro y mitad ser humano que se muestra en su portada. Y desde esta in-definición del género de este libro que ha escrito, dibujado y editado Marcos Límenes nos vamos familiarizando con una de sus principales características, la de dejar en el ánimo de quien se acerca a él una agradecible sensación de extrañeza. La causa última de esto, creo, es que la búsqueda de sí mismo –que es de lo que trata fundamentalmente la obra–, no puede arrojar más que resultados conjeturales, inciertos, misteriosos. Pero ese tema difícil es además abordado mediante una armazón técnica (o, mejor dicho, artística), que refuerza el efecto de extrañeza al mezclar, primero, las dimensiones de la realidad y de la ficción, y después las de la ficción y de la ficción dentro la ficción.
Veamos: un personaje busca en internet información sobre su apellido, que es Límenes. Seguramente lo lleva a esa búsqueda la constatación previa –quizá derivada de la consulta del directorio telefónico y otras fuentes– de que hay pocos Límenes en la región donde vive. Lamenta esa escasez. Se siente un poco desamparado sin esa familia amplia que da lugar a las agradables fiestas y comilonas de los Sánchez, los Rodríguez y tantos otros. Es cierto que Límenes proviene con alguna seguridad del castellano Jiménez, pero los Jiménez de su barrio no lo reconocen como a uno de los suyos. En algún lugar, en algún momento, la transformación del apellido fue una marca de exclusión –que, con el tiempo, se convirtió en una marca de distinción. Por eso Límenes no quiere saber tampoco nada de los Jiménez de su localidad. Así que busca a los suyos más allá, en cualquier punto del planeta, valiéndose del internet. Por suerte encuentra pronto a un Gennady Límenes en San Petesburgo, con quien de inmediato se reconoce e intercambia datos. Y la búsqueda arroja para él también el prometedor resultado de que hay una pequeña aldea en el sur de Creta cuyo nombre es Kali Límenes. Valiéndose ahora del Google Earth, el internauta explora el territorio de esta región amiga, y después de reconocer sus particularidades concluye descorazonado que “debe ser uno de los lugares más aburridos de la tierra”. Hasta aquí, como ustedes pueden ver, nos encontramos con una descripción más o menos realista de las más bien decepcionantes exploraciones a las que nuestro querido Marcos tal vez se haya aficionado por las noches en el estudio de su casa en Santa María.
Pero entonces, empieza la ficción. Como una suerte de anticipación tecnológica, el Google Earth que utiliza el personaje Límenes no ofrece sólo fotos, sino que puede también registrar la vida en tiempo real de quienes viven en Kali Límenes y el resto de la isla de Creta. Gracias a este recurso el investigador de sí mismo puede transmitirnos algo de las actividades diarias de dos muchachos de esa región, y también de las de un hombre y una mujer que están ahí, un poco haciendo turismo y otro poco trabajando, pues son los protagonistas de una película que se filma, precisamente, en Creta y que trata, nada menos que de los prolegómenos de la guerra de Troya. Pero ninguno de esos cuatro individuos lleva, que sepamos, el apellido Límenes. Como es claro, la búsqueda de las fuentes familiares ha cedido paso gustosamente a la exploración imaginaria de vidas y acontecimientos a través de personajes.
Y es entonces cuando llegamos a la ficción dentro de la ficción. Así como el Límenes del libro brinca de su dimensión real para convivir con los personajes a los que observa a través de ese Google Earth perfeccionado, de igual manera estos cuatro sujetos, dos muchachos griegos y el hombre y la mujer extranjeros, brincan de la dimensión en la que existen como personajes al involucrarse en la filmación de la película. En realidad no los vemos, como se dice, en acción (es decir, como actores que interpretan a tal o cual personaje), pero la sola condición de ser eventualmente otros les proporciona una categoría que los des-centra y los vuelve susceptibles de participar en acontecimientos extraordinarios.
En estas tres dimensiones, la de la realidad, la de la ficción, y la de la ficción dentro de la ficción, ocurren fascinantes desarrollos, navegaciones y entrecruzamientos de los que ahora llaman intertextuales que no quiero quitarles el placer de descubrir por ustedes mismos. Sólo diré que una de las claves del libro, condensada en el título Antes de la batalla, se da en la tercera y más profunda capa de la cebolla, la de la ficción dentro de la ficción, pues por una circunstancia inesperada se retrasa la filmación de la escena en la que los marinos y soldados aqueos deben embarcarse para hacer la guerra contra Troya, por lo que hasta nuevo aviso de los productores queda suspendido el destino de esa larguísima conflagración de diez años, y con él el de la literatura y la civilización occidentales, y probablemente hasta el de la genealogía de los Límenes. Todo en el libro de Marcos ocurre en cierta forma, entonces, en ese lapso en el que nada se decide aún: el tiempo de la espera, un tiempo, como escribe el autor, “estirado hasta el infinito mientras los hombres aguardan” y que tiene “un halo de grandeza, algo de solemne y sagrado”.
Junto a los procesos intertextuales, hay además en Antes de la batalla un procedimiento intermedial, que hace coexistir la palabra con la imagen. Una parte del libro se presenta bajo la forma de breves capítulos, y otra con dibujos y grabados que no están ahí, como ocurre en muchas otras obras, para ilustrar lo dicho con palabras, sino que crean, con recursos visuales, una narración propia y alternativa. Un ejemplo de los efectos virtuosos que puede producir esta relación entre medios se da en un pasaje en el que la joven mujer con su acompañante, quienes como ya dije participan en la filmación de una película y hacen turismo para cubrir las horas muertas que ocurren “antes de la batalla”, son llevados a conocer un sistema de cuevas a la orilla del mar por los dos muchachos del pueblo que son extras en la misma filmación, y quienes también están aburridos y quieren ganarse unos cuantos dracmas guiando a los extranjeros por la zona. La narración, que antes nos ha informado acerca de la hipótesis sostenida por arqueólogos e historiadores de la posibilidad que el laberinto mítico construido por Dédalo para encerrar al Minotauro fuera un sistema de cuevas localizado en Creta y tal vez en la misma Kali Límenes localizada por nuestro internauta, deja ahí a los cuatro personajes, antes de internarse en ese territorio oscuro. Entonces se interrumpe la dimensión de la palabra, y el discurso gráfico se hace cargo para mostrar, en siete grabados puestos en páginas sucesivas, lo que sucedió, o pudo suceder, después. Vemos primero a los personajes flotando en llantas en el mar y luego sus siluetas recortadas en la boca de la cueva; en los siguientes cinco grabados, de manera algo desconcertante, los hombres desaparecen y sólo queda la joven que, de pronto, es tomada de la mano por un toro humanizado.
Las imágenes son ambiguas, no esclarecen como suelen hacerlo las palabras. Cuando la narración se interna en ese territorio, el lector/espectador es invitado a crear su propia interpretación. Podría por ejemplo ocurrir, si el toro humanizado es el Minotauro, que en ese encuentro ocurrirá una nueva puesta en escena del sacrificio al que, según el mito, sometían cada nueve años los cretenses a niños y niñas de la sojuzgada Atenas. O podría pensarse en literalmente cualquier otra posibilidad realizable entre una muchacha y un animal humanizado que se dan la mano en una dimensión física, emocional, mental o espiritual –incluso la que sugieren algunos dibujos posteriores del libro, en los que los dos personajes parecen haberse convertido en un solo ser, que podría ser una vaca humanizada o bien un Minotauro transvestido.
La misma invitación a la interpretación (o a la participación) de los lectores fue hecha por Marcos en su libro anterior, La serpiente roja (2010), en el que hay una parecida mezcla de dibujos y grabados con palabras. Y también entonces la intermedialidad estuvo al servicio de la búsqueda de sí mismo. Porque si en Antes de la batalla se da una investigación que lleva a la ubicación, real o ficticia, del apellido Límenes en San Petesburgo, Tesalónica, Chicago y otras tierras, y por lo tanto al establecimiento de relaciones de parentesco reales o ficticias con personas de esos lugares, en La serpiente roja Marcos buscó establecer, con motivo de una súbita y grave enfermedad, bajo qué condiciones podía afirmar que su cuerpo era su persona. Para ponerlo de otro modo: en La serpiente roja Marcos exploró cómo y dónde está él, en relación con su cuerpo; en Antes de la batalla cómo y dónde está él, más allá de su cuerpo, en esa extensión de la persona que llamamos parientes, antepasados, árbol genealógico. La búsqueda, en ambos casos, arrojó resultados peculiares. Leemos en La serpiente roja: “No soy yo, señores. Mi cuerpo ha sido invadido por un extraño que lo maneja a voluntad”, y la última frase de Antes de la batalla es: “No conozco Grecia y por más que me he afanado no he logrado encontrar rastro alguno de la familia Límenes en ese rincón del planeta”.
En realidad no tiene mayor importancia la conclusión alcanzada por Marcos en cada caso, pues sus investigaciones fueron, sobre todo, el pretexto para contar una historia. Tanto mejor si en el trayecto el autor logró atenuar la angustia de sentirse enfermo o conocer a profundidad la geografía de una isla griega, pero esos como los otros posibles resultados de sus búsquedas se subordinan claramente a lo que, en las dos obras, alcanzó el artista. Él mismo lo considera así. Leemos en Antes de la batalla:
Dicen los que han pasado por la terrible experiencia, que en el momento de un accidente automovilístico de cierta magnitud uno ve su vida entera, como si fuera una película (...) Ahora bien, ¿qué pasaría si la película (...) no correspondiera a la vida de uno sino a la de alguien más? ¿O quizás, de manera más razonable, que los hechos presentados escapen parcial o totalmente a la vida de uno? Bastaría un solo acontecimiento fuera de lugar, un rostro borroso, una voz equivocada para que todo se convirtiera en mentira.
Incluso esta extrema consideración de la posibilidad de que la vida que uno ha vivido resulte a fin de cuentas falsa, es, dice Marcos, intrascendente. Porque “lo que perdura es la intriga (...), tal como ocurre en una película”. Lo que perdura e importa e interesa es que la historia esté bien contada. Y eso ocurre, sin duda, en Antes de la batalla.
ANTES DE LA BATALLA, EN BLANCO Y NEGRO. Víctor Becerril
Preámbulo delirante
Siendo autor, uno podría soñar con disfrazarse como “otro” para presentar su propia obra buscando satisfacer el deseo de asegurar que todas las lecturas, todas las interpretaciones, sean exactamente o de perdida se acerquen a la suya. Siendo alguna de aquellas con las que pretende otorgarle el mejor sentido a lo que ha producido. Pues resulta que, dado que a menudo nos confunden, que Marcos tiene que explicar por qué organizó de tal o cual modo las clases de Taiji Quan y que yo tengo que disculparme por no saludar cuando paso en mi Combi blanca, esta es para mí una excelente oportunidad para presentar la obra de “otro” cuya figura sin proponérmelo a veces remplazo y viceversa, casi como si fuera mía. Hago como si nuestro probable origen común en Tesalónica, o simplemente Salónica, ya que así le llamaba mi abuelo David Montekio (su mamá era turca), como si por ser nuestras siluetas intercambiables para algunos y nuestras raíces comunes en familias Sefaradís que un día fueron Jiménez o Montejo, como si todas estas condiciones me dieran la oportunidad de presentar esta obra de “otro” como mía. Así que digamos que, por eso y por muchas otras cosas, y en muchos sentidos, hago como que de este preludio a la batalla, algo me describe. Así que no me queda más remedio que contarlo.
Umbrales
Límenes, umbral, puerta o tal vez filo de la navaja. Generalmente ahí es en donde le gusta situarse a Marcos, cuyo nombre que evidentemente no puede ser de pila, también traza orillas, límites. Marcos dibujante, grabador, Marcos pintor, Marcos escritor o Marcos incansable conversador siempre encuentra el filoso (y peligroso) ponerse ahí en donde no hay dónde tener bien puestos los pies. Es decir, Marcos duda. Y para mí eso sí que resulta un buen comienzo.
Marcos comparte en este libro la navegación en torno a la duda del origen de su apellido, de sus ancestros y del sentido de las cosas. Los soldados esperando la orden para partir a la conquista de Troya. Figurantes derretidos por el sol. ¿Acaso, por provenir del celuloide, la intensidad de las imágenes tiene menos valor? ¿Acaso en menos intenso el instante en que esas cosas sucedían? La respuesta que me doy es no. Definitivamente no. Este es otro más de los atributos del arte, que re-presenta la realidad y la atraviesa. La trasciende al volver intemporal y eternamente duradero lo que permaneció sólo unas horas o un instante.
El espejo, el símil y el otro
Ser espejo y mirarse en el espejo. Mirar el mundo como si este fuera un espejo. El reflejo, incluso, además de mostrar la izquierda como si fuera la derecha, me pone de cabeza. Viajar intermitentemente, en sucesivas evasiones tan reales como reiterados insomnios para llegar a una ciudad desconocida y reconocerme en las imágenes virtuales y la información que ofrece Wikipedia. Ahí debe haber mil secretos sobre el origen de una filiación que le quita y le pone tilde a la í para que se pronuncie bien ya sea en hebreo, griego, yiddish, en inglés o en español. ¿Se escribe Límenes en hebreo antiguo? Pero, al no usar vocales ¿cómo se adivina esa i con o sin acento? Dudas, preguntas sin respuesta y con la puerta abierta a la imaginación.
Y de vuelta al espejo, en las letras, las palabras y los trazos de Marcos constantemente recorremos la distancia que separa la mente que se mira del reflejo que parece estar ahí sólo para informar a la mente de que ahí está, que no ha muerto o sencillamente que dado que duda, existe.
Soy, hubiera sido, sería si fuese
Imaginar el que pude o pudiera haber sido si a la especie humana no la hubieran construido cientos de miles de migrantes, si la diáspora hubiese cesado en algún momento de la historia, mucho antes o poco después del holocausto. Simple tendero que se conforma con expender productos locales y algunos de un mundo globalizado en el que lo exótico ha dejado de serlo simplemente porque contenedores inmensos surcan mares y recorren sierras y praderas inundando el mundo de té verde otrora imposible de hallar fuera de donde se cultiva.
Marcos imagina una trastienda en Salónica, la cual habría heredado o, si las cosas fueran lo que imaginamos, hubiera podido haber heredado de sus ancestros. En ella se mira cincuentón, ni triste ni entusiasta, tal vez algo sombrío. Ahí pasaría tardes morosas y tranquilas escondiendo secretos en cajones que guardan pistolas. Yo de inmediato veo el oscuro cuartito iluminado en amarillo por un foco pelón de escasos 60 watts al fondo de la inmensidad de la tienda de regalos “Los Ángeles”. Calle 16 de septiembre; acaso a un par de cuadras del Zócalo de la Ciudad de México año de 1967. Trastienda en la que mi abuelo David Montekio sacó los cacharros que hoy serían tuppers, chacharros en los que llevaba la comida que compartió conmigo en ese mi primer día de trabajo. Un día cuya grisura combinaba perfectamente con la grisura de los trajes que siempre portaba con elegancia desganada. Trastienda, Tesaloniki o México Distrito Federal. Al final de cuestas a igual. De todas maneras nos parecemos.
Y en este seguirnos pareciendo, también mi hubiera puede evocar tardes morosas cubiertas de grisura, si hubiera seguido yendo a la tienda de regalos para que años más tarde no cerrara sus pesadas cortinas metálicas. Tranvía Valle que viajaba de Mixcoac hasta el centro mucho más cerca de aquí que Salónica, de donde, por cierto, sí nos llegaban manjares exóticos: deliciosas aceitunas negras, enormes y finísimas, halvá con pistaches y los mismísimos pistaches importados por míticos amigos de mi abuelo.
Pero vuelvo a Marcos,
Página sesenta. Con un aparato cibernético en forma de huso proyecta hilos espirales de luz que le permiten reconstruirse en doble, duplicarse, encontrar al otro que es él, o de menos el camino hacia el recuerdo, ese camino que sólo un olor inesperado sabe abrir con tanta soltura e, incluso, de manera tan violenta. Un camino que descubre imposible de hallar a voluntad, sin método, sin truco ni llave maestra. Cada equis número de páginas el negro de la tinta y el vacío que deja el blanco ya sea adentro o bien alrededor dejan de prefigurar signos sonoros y se vuelve dibujo, imagen, vuelco de la mente más allá de toda realidad para por fin tocarla o creer que sí se la toca: la inaprehensible realidad que se escurre entre los dedos, como la memoria del color de un cenicero o de un auto-triciclo estacionado en la cocina.
Cine
En este libro Marcos no sólo es escritor y artista gráfico, también hace cine. Partiendo del embelesamiento que nos transmite al describir la escena de la película de Cacoyannis, Marcos proyecta imágenes cinematográficas en nuestra mente. Hace de su narración una película de detectives (incluso se disfraza de Humphrey Bogart) mueve la cámara y al camarógrafo, dispone a los actores y a los figurantes en el escenario, encuadra, utiliza grúas y convierte los paisajes mediterráneos en luz proyectada en la enorme pantalla de un cine como los de antaño, antes de que Cinépolis, Cinemex y el DVD se apoderaran de nuestra manera de compartir el séptimo arte.
La vida transcurre como la película de la cual no sólo es posible modificar el guión sino que basta simplemente decidir hacer cortes distintos, editar las mismas imágenes de manera diferente. Recordar y volver a ver al vagabundo que detiene el tránsito de la carretera desde el lente interior de su divagada divagante divagadora mente. Si la media pelota colocada sobre su cabeza es el melón de Piazzola entonces en lugar de casco de soldado se vuelve frescura mediterránea que lo liga a Panos y Kostas en busca de la aventura que promete la extranjera. La locura es la misma, sólo que vista desde otro ángulo. ¿Aquél del minotauro descabezado? ¿El de la entrada de la gruta en forma de ojo de la cerradura? El límite, la orilla, el filo de la navaja vuelven a sembrar la duda.
¿Los martillos evocan escenas de Pink Floyd? Golpean clavos, no obstante. Pero su fuerza me recuerda ese otro fascismo en forma de paredes por derrumbar. The Wall. Lejos de las grutas que pudieron ser “El” laberinto. Palas, anteojos, relojes y siluetas de mujeres, o de una pareja sosteniéndose uno a la otra. La misma “yotredad” visitada desde otra perspectiva.
El cine o la película en donde acaba la narración, las escenas de los soldados y del señor equis son espejos todos como las letras blancas sobre negro en los que tratamos de reconocernos, en los que Marcos y yo nos identificamos o yo me identifico con Marcos. Lugares que todos poblamos con nuestros sueños y ensueños o en los que nuestros sueños y delirios se permiten llenar de irreverentes significados: al final del libro estamos nuevamente en los “límenes” que unen o separan este y otros mundos. Aquí sólo hay lugar para la duda.
ANTES Y DESPUÉS DE LA BATALLA Francisco Segovia
Antes y después de la batalla ~
1.
Muchas veces, mirando algún cuadro de Marcos Límenes, he tenido la impresión de estar —no ante un instante arrancado al tiempo sino— frente un momento inserto en la historia a la que en efecto pertenece, pero destacado de algún modo, como un trozo de tiempo que resalta en medio de la vasta eternidad. La sensación es extraña porque sugiere que Límenes tiene frente a sí la larga muralla blanca del tiempo y no pinta nada en ella, no le añade nada. Simplemente le cuelga en medio un cuadro vacío, un marco sin lienzo, para recortar un trozo de blancura. Esto contiene nuestra vista y nos permite fijarla en un lugar concreto. Antes no podíamos hacer esto, pues nuestra mirada se ahogaba en la inmensidad de la blancura sin hallar un borde al que aferrarse... Pero ahora podemos enfocar la mirada y comprendemos que la blancura no nos parecía neutra y vacía por ser blanca sino por no tener orillas, por no ofrecernos un asidero... Aunque sigue siendo cierto que el pintor aún no toma sus pinceles, la mera intromisión del cuadro a medio muro nos deja ver que el trozo de blancura, a cambio de perder extensión, ha ganado hondura. Es un blanco profundo...
En esta profundidad —como en todas— hay algo que se hurta; algo que no alcanzamos a distinguir con claridad y que parece moverse ahí, como un agua que pasa su tenue velo blanco —o que acumula su sombra inmaterial— sobre no sabemos qué… El cuadro es un agua honda que nos deja entrever un fondo oscuro —oscurecido acaso por la acumulación de sus velos trasparentes—; o es un agua somera en cuya superficie adivinamos una imagen más blanca aún que la blancura misma —transparente... ¡Eso! ¡Eso era! Lo que Límenes quería mostrarnos no era en realidad ni la negra hondura ni la blanca superficie sino la transparencia, esa suerte de epitelio sutil que nimba todo lo que es tocado por la luz... Pero es difícil mostrar la transparencia. Sobre todo si uno no quiere ponerla en evidencia; es decir, si uno no quiere denunciarla. Porque toda denuncia se hace enturbiando el agua. Y no, no es eso lo que quiere Límenes —ni enturbiar el agua ni, mucho menos, detener su curso— sino mostrarnos que lo que corre por el cauce de su río es la transparencia. Y quiere mostrárnosla corriendo... Por eso no nos pone ante los ojos un tiempo detenido sino el tiempo en curso... Más que darnos a ver las cosas en el tiempo, nos da a ver el tiempo en las cosas...
El tiempo en las cosas... O, mejor dicho, nuestra mirada en ellas, pues esa transparencia que anda entre las cosas, que las circunda, las cubre y las hace visibles, es nuestra mirada. Es en ella donde las cosas se mueven. No porque la mirada las toque y ejerza sobre ellas una presión o una fuerza sino porque las cosas mismas, al sentirse miradas, corren a ocultarse con pudor tras bambalinas, o a exhibirse con descaro bajo los reflectores del proscenio (a veces, es verdad, hacen algo intermedio: se quedan quietas, paralizadas, presas de un terror escénico). Pero, ya sea que se oculten o se muestren, el caso es que lo hacen como respuesta a nosotros, que las vemos... Las cosas responden a nuestra mirada. Le hacen frente. Le dan respuesta... Sienten el curso de nuestra mirada, siempre de algún modo inquisitivo, y deciden mostrarse abiertamente, o con reticencias, o no mostrarse en absoluto. Pero, visibles o no, sabemos que están ahí, bajo la transparencia, pues, aun ocultándose, responden...
Muchas veces, mirando algún cuadro de Marcos Límenes, he tenido la impresión de que hay algo en él que no ha querido salir a escena y se ha escondido entre los pliegues de la transparencia, o bajo una gruesa masa de pintura. Ese algo que no aparece está sin embargo ahí, hurtándose a los ojos, hurtándonos su cuerpo. No lo vemos, pero de algún modo está... Límenes a menudo nos señala esta ausencia mediante un símbolo, como si sólo los símbolos pudieran señalar el misterio de aquello que, estando ausente, está... Los ojos lo buscan en el cuadro... Sienten que falta, que se ha ausentado… No, el de Marcos Límenes no es un espacio vacío sino un espacio vacante… Lo que debiera estar ahí, no está; quien estuvo aquí, se ha ido…
2.
Ahora, leyendo Antes de la batalla, tengo la misma sensación. Pero esta vez Límenes ha tomado entre sus manos el espacio vacante para colocarlo en el centro de un relato. Acaso sin mucha conciencia de ello, sin saber que es la misma que se adivina en sus cuadros, ha convertido la ausencia en el tema de una narración hecha por escrito en un libro. ¡Y qué libro! No uno en el que un pintor barrunta como puede sus ideas sobre el arte sino uno donde un escritor hecho y derecho toma entre sus manos una historia que parecía estar simplemente ahí, frente a sus ojos, esperando que alguien la contara (o, por ponerlo en los términos que hubiera usado un pintor de antes: esperando que alguien la tomara del natural). Esto no es poca cosa, pero resulta especialmente sorprendente por inesperado: He aquí un pintor que es un escritor nato. No un teórico de la pintura, ni un artista que rinde testimonio de su época y su arte, no: un escritor con todas las barbas, un escritor de literatura.
Porque Límenes no nos dice en su libro qué busca cuando pinta sino que se pone a buscarlo escribiendo (aunque acaso él mismo no lo sepa). Es cierto, sí, que hay dibujos en su libro, pero no están ahí para ilustrar su relato sino que son otra manera del relato. Del mismo modo, su literatura no sirve para ilustrar su pintura: la continúa. En su caso, lo que une ambas cosas (literatura y pintura) es que ambas cosas son en cierto modo lo mismo —y ya se entiende que lo mismo no puede estar en relación de dependencia con lo mismo. No, Límenes no dibuja lo que cuenta ni cuenta lo que dibuja. No superpone una segunda mirada —una mirada ilustradora— a su primera mirada. Lo que hace es mirar dos veces: una como escritor, la otra como pintor. Y no es pertinente preguntarse aquí cuál de esas dos miradas es la primera, pues ambas son independientes entre sí y ninguna pretende tener primacía sobre la otra. Para todo efecto práctico, las dos miradas son simultáneas —y apuesto que también lo son para cualquier otro efecto, aunque no sea práctico, pues ambas son miradas que aparecen ante nosotros como realizaciones de la imaginación...
Límenes imagina —hace imágenes— con líneas… con palabras…
3.
El primer capítulo de Antes de la batalla describe la primera escena de una película de Mijalis Cacoyannis: Ifigenia. En ella, los soldados argivos se cuecen bajo el sol en espera de que un viento favorable les permita navegar a Troya a hacer su guerra. Su rey, Agamenón, está a punto de sacrificar a Ifigenia, su hija, para propiciar a los dioses. Este preludio al pecado y la tragedia resulta eterno bajo los rayos del sol, que caen a plomo sobre una multitud inmóvil. Ni siquiera hay palabras entre los soldados: el calor los abruma, los derrite, los aísla. Cada quien busca hacerse sombra con el cuerpo, y se enconcha… Esto es Homero —o, mejor dicho, Sófocles— en la versión de Cacoyannis. Pero a Límenes no sólo le interesa esto que pasa en el relato sino cómo está pasando, cómo se ha hecho pasar. Su relato busca la intimidad de lo que ocurre en su presencia. Cuenta cómo se cuecen bajo el sol —no ya los argivos sino— los extras que los representan en la escena del cineasta. Límenes describe a Cacoyannis recreando la escena de Sófocles, que a su vez recrea la de Homero. Por eso la escena no aparece ante nosotros como un simple acto de su imaginación. Límenes dice expresamente que está en Creta y asiste de bulto a la filmación de la escena en que los soldados se derriten. Está pues presente en el lugar de los hechos. Sólo que esos hechos son el mismo que contaron Homero y Sófocles… Límenes está “hoy, aquí”, contándonos su viaje a Grecia; y está en el “hoy, aquí” de la película, como está en el “hoy, aquí” del momento en que los argivos esperan una brisa de viento. Para su relato, “Hoy, aquí, ahora” tiene la dimensión de los milenios… Es un trozo de la muralla blanca, enmarcado por el relato. Un trozo, como dijimos antes, de un blanco profundo…
Es esta hondura del tiempo —no su extensión— lo que busca Límenes. Una hondura un poco más concreta, pero también más misteriosa, que la que yo retrato aquí en vana prosa explicativa. No, su viaje a Creta no es tan abstracto como yo lo pinto aquí, pero tampoco es una mera excursión turística. Forma parte de un periplo por Grecia —al que se añade la memoria de recorridos anteriores por España y América—, y pasa también por Rusia, Ucrania, Europa central y otros lugares donde Límenes, por cierto, nunca ha puesto el pie. Todos estos lugares puntúan la trashumancia de la familia Límenes por el mundo, la continua mudanza de lenguas y, con ella, de la forma en que escribe y pronuncia su apellido… Si Límenes asiste al principio de la historia (la Guerra de Troya) es porque va a Creta en busca de su historia familiar… ¿Comienza el rastro de ésta con la expulsión de los judíos de la España de los Reyes Católicos, donde quizás su apellido era Jiménez —o, más bien, Ximénez?... Aunque la historia de la migración de los sefaradíes lo permitiría, me temo la historia de la lengua no lo avalaría. A menos, claro, que los Límenes hubiesen tenido que fingirse “católicos” antes de abandonar España y —más que cambiar la equis por ele, la ese por zeta y el acento esdrújulo por uno grave—hubiesen cambiado de plano de apellido... ¿Fueron de España a Grecia, Turquía, Europa central, Rusia, luego de vuelta a Europa y finalmente a América? Si siguieron las corrientes principales de las migraciones judías a lo largo de los últimos cinco siglos, es probable que sí... Por eso Marcos Límenes está en Creta —punto intermedio de ese periplo ancestral por Europa y Asia—; está en Creta, digo, donde hay un puerto llamado Kali Límenes; es decir, Puerto Bello, pues límenes significa 'puerto' en griego. ¿Fue allí, entonces, donde la familia empezó a usar este apellido? ¿O más bien entre los limoneros de Rusia, pues en ruso limen significa ‘limón’? Nadie lo sabe. Y Marcos sólo especula. En cualquier caso, Creta no es sino una desviación de su viaje principal, que es a Tesalónica, esa región del norte de Grecia que cobijó y aún cobija una considerable población sefaradí —como se ve en otro libro relativamente reciente que también empieza en México y llega a Grecia en busca de una historia migratoria: Tela de sevoya, de Myriam Moscona... Ambos viajes se hacen en busca de las raíces.
No puedo dejar de recordar aquí aquella frase malévola e ingeniosa con que José Bergamín fustigaba un tópico de su tiempo (la manía por los orígenes, por la ur-cultura, la ur-lengua, etc.). La frase decía más o menos: “Andar en busca de las raíces no es sino una manera subterránea de andarse por las ramas”... Eso, claro, está muy mal si uno quiere escribir un libro de arqueología, de historia, de antropología, o algo así, pero quizá no sea tan grave si lo que uno quiere es escribir un libro de literatura, donde no sólo no es pecado sino que hasta puede ser una virtud andarse por las ramas. Y eso es justo lo que hace Límenes. Lo mejor de su libro no está en los hechos certificados que buscaría el historiador sino en las especulaciones del escritor, en la forma en que imagina lo posible, aun cuando lo posible tenga el rostro del cliché… O sobre todo cuando tiene el rostro del cliché, el rostro del emblema, del símbolo. Porque Límenes sabe, por ejemplo, que la descripción que él hace de la vida que lleva un tendero judío en su trastienda de Tesalónica no podría diferir mucho de la que haría si su personaje viviera en Varsovia o Kiev, pues esa vida forma parte de un arquetipo. Esto no lo desanima en absoluto. Al contrario. Después de todo, los arquetipos son entramados sólidos sobre los que puede montarse casi cualquier historia, con tal de que su capacidad expresiva no se desperdicie en boberías. Y Límenes no la desperdicia. Él echa mano del cliché del tendero judío como si se tratara de un ready-made; es decir, para exprimirle todo el jugo interpretativo a lo que se ofrece de golpe, ya entero y acabado, y así transmitirnos con apenas unos cuantos trazos el ambiente completo donde su personaje vive y respira. No sé si me explico. Quizá debiera decir que este procedimiento recuerda —más que un ready-made— el modo en que un pintor prepara la perspectiva que usará en un cuadro: líneas geométricas, blancas, trazadas a regla vil, pero que al final se borrarán para dejar que en el lienzo encarne una escena inolvidable. Lo mismo ocurre aquí: el cliché es sólo el esqueleto que sustenta —más que una carne— una encarnación...
No faltará quien tilde todo esto de poca cosa, pero a mí me parece extraordinario que un pintor mexicano logre que las páginas que escribe huelan a... no sé, a lo mismo que huele la judería de Praga en El golem de Gustav Meyrink. No cualquiera hace esto; ni siquiera un escritor bien cebado. Y menos aún si no vive en Praga, ni en Tesalónica, ni en Kiev, sino en Cuernavaca... Tampoco faltará quien diga que la facilidad para aprovechar el cliché se debe a que Límenes se ha bebido hasta las heces la ancha copa de la tradición que le ha servido su familia. Como se adivinará por lo que llevo dicho, yo no desmentiré tal afirmación, donde no veo menoscabo de fondo, pero sí me gustaría quitarle el tufillo condescendiente que despide agregando que es quizá justamente eso —el echar mano de la tradición y sus clichés— lo que hace tan bueno su relato, pues es justo a través de esa tradición como logra expresar la experiencia de una vida que él no ha vivido “en realidad”. ¿O no es justo eso lo que pretende su libro: transmitirnos una experiencia a todos los que no la hemos vivido? Sólo la ficción logra eso, sólo la literatura, el arte...
4.
Lo que hace de la ficción una actividad exclusivamente humana es esta presentación de lo inexistente, o de lo ausente, de lo que no tiene presencia. No sé si me explico: la ficción es la re-presentación de algo que no tuvo antes ninguna presentación. ¿Cómo puede re-presentarse lo que no se presentó nunca por vez primera? Se trata, claro, de un acto de la imaginación. Pero es importante subrayar que, para ser efectiva, la imaginación no muestra sus asuntos como re-presentaciones sino como presentaciones. Y nosotros debemos concederle de buen grado que lo haga. Es como si la ficción nos presentara la copia de un original que nunca existió, pero nosotros no sólo diéramos por buena la copia sino que la consideráramos el original. En el relato de Límenes esto se hace evidente desde el comienzo, con la descripción de unos soldados que se derriten en la playa: son el ejército de Agamenón, que espera un viento propicio para tender las velas hacia Troya... Límenes imagina, por supuesto, pues él no pudo haber estado en Áulide cuando eso ocurrió. Y, de hecho, no está ni siquiera cerca, en la Grecia continental, sino lejos, en Creta. Límenes explica: lo que él describe no es la escena primigenia de la partida a Troya sino esa escena según imagina Cacoyannis que la imaginó Sófocles basándose en Homero, que tampoco la vio directamente... Pero Límenes se queda en Cacoyannis y con esto parece que da por zanjada la cuestión, pues es improbable que el lector se ponga a averiguar si es verdad que la película se filmó en Creta. Yo, por ejemplo, no lo sé. Y no me importa mucho saberlo, pues la efectividad del relato de Límenes no depende de que retrate objetivamente un hecho real sino de que su relato sea creíble y de algún modo “nos atrape” entre sus redes. Porque la efectividad de un relato no se mide según la realidad sino según “el arte”. Es lo que dicen los literatos cuando afirman que, para leer una novela como se debe, antes tenemos que suspender nuestra incredulidad. Para gozar de veras de un cuento es preciso primero deshacerse de toda reticencia y —como dicen— abrirse. Sólo así podrá verse lo inexistente como presente —o, mejor dicho, como presentado.
5.
Esto me lleva de vuelta a las primeras líneas de este escrito, donde hablaba de un cuadro que enmarca el vacío. Se adivinará que para mí este marco vacío no significa lo mismo que el famoso cuadro blanco de Malevich (sobre el que tantas tonterías se han dicho), aunque sólo sea porque, para mí, en el mundo de la significación no hay sólo un vacío sino dos: el vacío del espacio vacío y el vacío del espacio vacante. El primero es literalmente in-significante; el segundo, en cambio, es el punto mismo donde nace la significación… A primera vista, el primero es originario y absoluto (un vacío al que no le falta nada), mientras que el segundo es derivado y relativo (un vacío donde falta lo que antes hubo, o donde aún falta lo que habrá). Pero el vacío primigenio es una ilusión. No puede haber vacío en el origen. Dicho de otro modo: “En el principio era el Verbo”. Sólo después llegó el silencio… El marco antecede al muro blanco, que sólo aparece cuando se le quita el marco…
Al final de su periplo, Límenes descubre esto mismo. Ha andado en busca de su origen, subterráneamente, y al final ha encontrado que su historia ha echado raíces en el viento, en la transparencia que se posa en cada cosa… Entiende que su origen es un horizonte que se aleja más mientras más quiere acercarse a él y que no está nunca de veras donde creemos que está sino en el sitio que acaba de dejar; es decir, que sólo está ahí en donde falta… Quita entonces el marco que había clavado en la muralla blanca y dice: ¿La ven fluir? La muralla es un río que no acaba, un río en el que nos bañamos dos veces… Ahora pueden verlo sin que yo le agregue nada. Pero no ha vuelto a su transparencia original sino que tiene ahora una segunda transparencia. Si ahora pueden verlo es porque le he quitado lo que antes le añadí… Ya no es el mismo río. Ahora le falta eso… Y eso que ahora falta es justo lo que ha hecho verdadera la historia que les cuento… Una ficción… O, mejor dicho, una historia sin duda ficticia, pero de la cual ahora se ausenta la ficción… No una historia falsa o verdadera según los estándares normales: es una historia donde de algún modo está presente lo que falta: el origen que buscaba, el sentido que buscaba… Y eso es suficiente…
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)



