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Enfermedad (Un capítulo de La Serpiente Roja)

Enfermedad

Ok. Estoy enfermo. Para mi familia, amigos, vecinos soy un hombre enfermo al que hay que hablarle suavemente, infundirle ánimo, darle esperanza. Yo les doy por su lado, pobrecitos, agradezco las buenas intenciones, la buena educación.
Pero, ¿soy o no soy yo?, ¿a quién se dirigen?
No soy yo señores. Mi cuerpo ha sido invadido por un extraño que lo maneja a voluntad. Ocurre como en esos sueños donde uno quiere despertar y no puede hasta que, al borde de la desesperación más absoluta logra abrir los ojos para regresar al mundo real. Solo que yo no puedo despertar.
Porque acostumbrados estamos a que el cuerpo de uno se comporta como tal. Pide y le damos, se cansa y lo dejamos tranquilo. Escucha y obedece.
La ecuación es sencilla: mi cuerpo ni escucha, ni obedece por lo tanto, no es mi cuerpo.
No puedo pedirle que se calme, que deje de hacer lo que está haciendo. No es normal que esté así de rojo, que se escame continuamente, que duela tanto. Tal parece que desde afuera algo o alguien dicta las órdenes y yo soy su esclavo. El nuevo amo no permite tregua alguna, su éxito radica en que la posesión es total.
No soy yo el que está enfermo, es el otro, lo otro.
¡Lástima que no me pueda ir de vacaciones en tanto aquello me desocupa!.

Estoy enfermo y ya. La manecilla de mi tiempo llegó a la hora que marcaba la caída. Tantas emociones, demasiadas patadas de ciego, la carga genética de todos los antepasados no podía dar para más. El vehículo se tenía que descarrilar al llegar a la curva, sin previo aviso. Cuando te toca te toca, que ni qué.

Puro teatro (Un capítulo de La Serpiente Roja)

Puro teatro

¡Hoy sí que me volé la barda! Disfruto cada segundo de mi fechoría, más aún cuando, bien visto, podría presentarse como el pago a un par de doctores cuyos nombres omito por pudor. Ambos coincidieron en una tan sublime como desafortunada expresión: “Usted tiene mucha suerte ya que no tiene cáncer. Lo suyo afecta solo la piel, no lo va a matar”. Hombre, ¡pues qué afortunado soy!
Resulta que fui a pagar el recibo de la luz y como siempre, la oficina se encontraba llena a reventar. El cajero no me recibió el pago –faltaba o sobraba algo en el recibo- y me mandó a la cola de las aclaraciones. El número 99, ¡una hora de espera por lo menos! Señoras y señores muy bien educados aguardaban pacientemente sentados a que su número apareciera en el tablero digital.
Decidí entrar en acción. Sin decir agua va, me coloqué frente al grupo y les receté el siguiente discurso:
Permítanme robarles un momento de su valioso tiempo. Estoy afectado por un cáncer terminal, como se podrá comprobar por el color de mi piel y la respiración agitada. Necesito pasar a pagar mi recibo y no me es posible esperar por tanto tiempo.
Eso fue todo. Pasé directamente a la ventanilla ante la confundida mirada de los presentes. El cajero que antes me había rechazado recibió la instrucción de recibir mi pago y poco faltó para que me hiciera un descuento.

Cuanta razón tienen los doctores, en efecto, tengo mucha suerte.

Ilustración LA SERPIENTE ROJA

Ilustración de LA SERPIENTE ROJA

Ilustración de LA SERPIENTE ROJA

Portada del libro LA SERPIENTE ROJA

Mauricio Ortiz. Texto leído en la presentación del libro La Serpiente Roja

   El 25 de abril de 1867, es decir hace ya casi siglo y medio, se abrió al público el Museo Dermatológico del Hospital Saint-Louis, en París, pionero entre los museos de su tipo. Además de las primeras fotografías dermatológicas, realizadas el año anterior por Hardy y Montmeja —unas fotografías extraordinarias en blanco y negro coloreadas a mano—, se exhibieron en esa ocasión dos colecciones de acuarelas, desde luego también de enfermedades cutáneas: la colección realizada por Ernest Bazin y la que pintó Alphonse Devergie, médicos adscritos al servicio de dermatología del Saint-Louis y acérrimos contrincantes en el debate sobre el origen de las enfermedades de la piel. Hombre de su época, y de todos modos adelantándose a la consolidación de la teoría microbiana de las enfermedades, Bazin sugirió un origen parasitario a las enfermedades cutáneas. Devergie puso el grito en el cielo.
   Una década antes, Devergie había dado la primera descripción completa de una nueva enfermedad: “Pityriasis pilaris, maladie de peau non décrite par les dermatologistes”, publicada en 1856 en la Gazette Hebdomadaire de Medecine et de Chirurgie. Se trataba, sí, de una pitiriasis, es decir de una descamación profusa de la piel, pero acompañada de tres signos particulares: hiperqueratosis palmo-plantar, pápulas foliculares y manchas rojo anaranjadas diseminadas por todo el cuerpo, con tendencia a confluir, de modo que al paso del tiempo solamente quedaban pequeñas islas de piel normal.
   Si la historia médica le daría en ciertos casos la razón a Bazin: muchas enfermedades de la piel son producidas por microorganismos, hoy sabemos que Devergie también tenía razón y que otras muchas patologías cutáneas se deben a otras causas. En particular, a la pitiriasis rubra pilaris —como se fijó el nombre oficial de la enfermedad antes de que terminara el siglo XIX— a la fecha no se le encuentra más causa que un vago origen autoinmune. Es de justicia entonces que también se le conozca como Enfermedad de Devergie.
Independientemente de la por demás fructífera disputa entre Bazin y Devergie, lo cierto es que sus acuarelas son la piedra fundacional de una disciplina que hoy se encuentra en el centro de toda práctica médica: la imagenología de la enfermedad. Es natural que la piel fuera el primer territorio de esta lid: es la superficie del cuerpo, lo que está más a la vista.
Sostengo que con la obra que ha hecho para La serpiente roja y, repito, a casi siglo y medio de distancia, Límenes marca un hito tan trascendente como aquél: las primeras imágenes de la pitiriasis rubra pilaris surgidas ya no desde la objetivación profesional sino desde dentro mismo de la enfermedad.
   “No hay duda —escriben con acierto Julio Frenk y Octavio Gómez Dantés en una de las presentaciones del libro— de que hay una clara diferencia entre lo que el médico percibe y lo que el paciente experimenta. Por eso Arthur Kleinman distingue la ‘enfermedad’ (disease) del ‘padecimiento’ (illness). Para él la enfermedad es la experiencia vista desde la perspectiva del médico, que tradicionalmente implica sólo una alteración de la estructura o el funcionamiento biológico. En contraste, el padecimiento comprende toda la gama de síntomas y sufrimientos que acompañan al paciente, a su familia y a su red social, y la manera en que responden a ellos.”
Si Devergie describió y pintó por vez primera la enfermedad pitiriasis rubra pilaris, tuvimos que esperar a Marcos Límenes para que describiera y pintara el padecimiento del mismo nombre.
Y aquí mismo, en la brecha —el abismo— que separa la enfermedad del padecimiento, se encuentra la clave de este libro. Está compuesto por un texto largo, introductorio, y tres grandes capítulos: pitiriasis, rubra y pilaris. Los tres capítulos están compuestos en conjunto por un total de 14 pequeños textos intercalados entre 54 piezas visuales, que van del lápiz de color en el primer capítulo, al gouache en el segundo y a la tinta china coloreada a veces con acuarela en el tercero. Las piezas visuales son magníficas. Los textos también.
   Pero, ¿qué es este libro?
No es un libro de arte, aunque su autor es un finísimo artista visual y sus páginas están llenas de un arte muy depurado. No es un libro de literatura, aunque la literatura que alberga es buena literatura, literatura de veras. No es un libro de medicina, aunque su tema es eminentemente médico. Y no es, tampoco, un libro testimonial, aunque contiene un testimonio crudo, honesto, brutalmente conmovedor.
   ¿Qué es, entonces, este libro?
Me aventuro: es un libro mítico.
La colección Cuadernos de Quirón nació, sin haberlo previsto, con un sólido mito en sus entrañas. Por principio de cuentas su metáfora tutelar, Quirón, es una figura mitológica: un centauro. La solapa derecha del libro lo describe: “Quirón, el más justo y sabio de los centauros, es una figura bivalente no sólo por su condición dual de hombre y caballo. Maestro de los mayores héroes clásicos —entre ellos Aquiles, el más célebre de todos— en las destrezas cinegéticas y guerreras, en la música y el canto, en los métodos del razonamiento y la entereza, Quirón destaca además por sus conocimientos médicos y quirúrgicos: el mismo Asclepio, otro de los patronos de la medicina griega, le debe su adiestramiento en el arte y la ciencia de curar enfermedades. Y Quirón es también el enfermo. Hércules lo hiere por accidente con una flecha envenenada, y la herida no cierra nunca. La inflamación, la hemorragia, la supuración y el dolor no son ajenos a este cuerpo fantástico, a este paciente de sí mismo que termina renunciando a la inmortalidad como último recurso para librarse del mal incurable que lo aqueja. Al morir, Zeus lo coloca en el firmamento como la constelación de Sagitario.”
   La voz del médico y la voz del enfermo, juntas en un mismo cuerpo editorial: qué mejor figura para amarrarlas que la compleja divalencia del ilustre centauro. Pero más allá de su metáfora tutelar y como habiéndola conjurado, en la propia idea de la colección, y más aún en los problemas que ha acarreado su puesta en práctica, hay algo así como una ausencia que no he atinado a comprender. Pasan cosas extrañas cuando se explora una frontera así, por definición infranqueable: no hay un continuo entre médico y enfermo, ni siquiera cuando médico y enfermo coinciden en la misma persona, en el mismo cuerpo: no hay un continuo que permita transitar sin accidente de la enfermedad al padecimiento. Y ha ocurrido que al imponer a los autores las reglas de este juego, espontáneamente se sitúan en esa tierra de nadie, en esa ausencia intermedia. El médico abandona su postura de médico, así sea para hablar de su profesión y especialidad, y el enfermo abandona su posición de enfermo, así sea para hablar de la enfermedad que lo aqueja. Surge un yo que me gusta llamar “quirónico”, que veo surgir poderosamente en las obras realizadas y que se sitúa… se sitúa… ¿exactamente dónde?
   Una respuesta posible, que me ha hecho ver el trabajo de Límenes, es la que he esbozado: se sitúa, tal cual, en el plano mítico.
   No es éste el lugar para discurrir sobre la enorme importancia del mito en el proceso civilizatorio. No lo es tampoco para adentrarnos en la semiología del mito. Mucho menos para apurar una mitología superficial que dé cuenta de lo que ocurre dentro de La serpiente roja. Sólo diré que el mito es una “forma” del habla. La forma que permite transmutar una sustancia, cualquier sustancia, en espíritu. Ésa es la función del mito y su universalidad: en él se funden, como sin notarlo, el espíritu de los tiempos, el espíritu de una cultura y un lugar, el espíritu del hombre y sólo marginalmente, acaso, el espíritu del individuo.
   En la página 31, en una de las frases más logradas del libro, Límenes escribe: “El sordo no oye, el ciego no ve. Yo he dejado de tocar el mundo.” No ha dejado de estar en el mundo, ha dejado de tocarlo: se encuentra situado, no en el plano físico que le permitiría hacerlo, sino en el plano mítico, en el puro espíritu.
   El héroe mítico así establecido, insomne, rojo y sufriente, se enfrenta a lápiz de color y a palabrazo limpio con los demonios que lo acosan, los fantasmas, el exterminio: es decir los poderes ocultos del abismo que se abre entre la enfermedad y el padecimiento: capítulo uno. Y, blandiendo ahora el pincel y el color, sin olvidar las palabras, desciende a los infiernos: la nekya de los mitos clásicos: capítulo dos. En el capítulo tres vemos al héroe salir airoso de la epopeya: la línea a tinta, los colores tenues, el descanso, restañar las heridas.
   Con un arte mayor, una literatura sólida, una medicina escéptica y un duro testimonio, en La serpiente roja Límenes ha logrado transmutar la sustancia del cuerpo enfermo en puro espíritu padeciente. Y éste no es un logro pequeño.
   Al comienzo del Canto XXXI del Infierno, Dante dice:

La misma lengua me mordió primero,
haciéndome teñir las dos mejillas,
y después me aplicó la medicina:

así escuché que solía la lanza
de Aquiles y su padre ser causante
primero de dolor, después de alivio

   Es la lanza de Peleo, que sólo él y su hijo Aquiles eran capaces de levantar. Es curioso constatar que Peleo se relaciona con Quirón al menos en que son vecinos: habitan las mismas tierras de la Tesalia, al norte del mundo griego, y los empareja también una divalencia: porque sí, se trata de una lanza que al primer embate hiere, y al segundo cura.
Por más descreído que sea de esas fórmulas fáciles que adjudican a la literatura y al arte en general un cierto poder curativo, en este caso no puedo evitar la tentación de sentir que este libro de Marcos Límenes es como un segundo golpe de la lanza de Peleo. ¿Habrá habido en el plano mítico un primer lanzazo que desconocemos y que se manifestó en el plano físico con esta enfermedad de nombre complicado descrita por Devergie a mediados del siglo XIX? Lo que puedo decir es que cuando, después de tres años de trabajo intenso, logramos presentar La serpiente roja, Marcos estaba mucho mejor.

Manuel Lavaniegos El Correo del Sur. La Jornada Morelos

DESTELLOS [#10]

Manuel Lavaniegos

“La serpiente roja” de Marcos Límenes,
o de la reversión del dolor.


“Okey, estoy enfermo. Para mi familia, amigos, vecinos soy un hombre enfermo al que hay que hablarle suavemente, infundirle ánimo, darle esperanza. Yo les doy por su lado, pobrecitos, agradezco las buenas intenciones, la buena educación.
Pero, ¿soy o no soy yo?, ¿a quién se dirigen?
No soy yo, señores. Mi cuerpo ha sido invadido por un extraño que lo maneja a voluntad. Ocurre como en esos sueños donde uno quiere despertar y no puede, hasta que al borde de la desesperación más absoluta logra abrir los ojos para regresar al mundo real. Sólo que yo no puedo despertar.
Porque acostumbrados estamos a que el cuerpo de uno se comporte como tal. Pide y le damos, se cansa y lo dejamos tranquilo. Escucha y obedece.
La ecuación es sencilla: mi cuerpo ni escucha ni obedece, por lo tanto no es mi cuerpo.
No puedo pedirle que se calme, que deje de hacer lo que está haciendo. No es normal que esté así de rojo, que se descame continuamente, que duela tanto. Tal parece que desde fuera algo o alguien dicta las órdenes y yo soy su esclavo. El nuevo amo no permite tregua alguna, su éxito radica en que la posesión es total.
No soy yo el que está enfermo, es el otro, lo otro.”


Ha llegado a mis manos un libro sui géneris, también de una sui géneris colección. Se trata de un libro de textos y dibujos realizados por el conocido artista plástico Marcos Límenes [Cd. México, 1957], realizado para responder o expresar – nunca podremos aquilatar con certeza suficiente el nudo de las necesidades y motivaciones más intimas que se movilizaron para el autor – la situación en extremo dura y enrarecida – que de por sí ya lo es, en su fondo, cualquier enfermedad – de padecer, de súbito y luego con persistencia, una perturbación orgánica acerca de la cual la medicina, aunque le ha dado un nombre – “pitiriasis rubra pilaris” [PRP] y registrado sus síntomas – ignora su real etiología y desconoce la manera de curarla, inclusive, muy a menudo, los antídotos de los que echa mano, para paliar algunas de las lacerantes molestias que la enfermedad provoca, resultan contraproducentes.

La “PRP” está catalogada como una “rara” enfermedad de la piel. En Estados Unidos, uno de cada cinco mil pacientes que ingresan a un consultorio dermatológico porta este mal, que se manifiesta, sobre todo, por una producción acelerada de las células de la piel; un “desorden inmunológico” ocasionado por factores desconocidos, pero cuyos insidiosos efectos se manifiestan con una inflamación general y persistente de toda la piel, que le otorga una coloración rojo-anaranjado [“rubra”] y su continua descamación. “Cambio super-acelerado de células vivas por células muertas, ya que mientras una persona normal muda completamente su piel en aproximadamente veintiocho días, el pitiriásico lo hace cada siete horas”.

La tenacidad de malestares con que la “PRP” acosa al enfermo es múltiple, masiva y continua, actúa como una “posesión total” provocándole ardor, comezón incontrolable; en un momento resequedad y aspereza; en otro, inflamación y vulnerabilidad sobre todo en los pies y las manos; de hecho, el “tacto fino” se distorsiona; la irritación de los parpados conlleva ardor en los ojos, lagrimeo y entorpecimiento de la visión; el continuo cambio de la temperatura del cuerpo y el gasto de energía que implica este “desquiciamiento inmunológico” trae consigo una enorme fatiga y, para colmo, alteraciones en el ciclo del sueño. Así que, con esto último, la ansiada evasión de los sufrimientos también queda bloqueada, condenando al enfermo al insomnio, a rumiar sus dolores en el aislamiento agudizado de la soledad nocturna. Nos recuerda que, en efecto, la piel – “dermis”, “epidermis” – “es con mucho el órgano más extenso del organismo, que contiene lo de dentro y nos conecta con lo de afuera”; que por todos sus poros respira el cuerpo, suda, se desintoxica; que la tienen, a su modo, todos los seres vivientes, “de los dinosaurios a los pequeños mosquitos”, la poseen como corteza los vegetales y aún podemos pensar que las piedras tienen algo así como capas minerales de piel.

Ésta es pues, en términos muy generales y “objetivos” aunque vacíos, la patología crónica que atenazó la vida del pintor Marcos Límenes y que cuando la sufre aparece con un plazo indefinible y sin curación posible, a pesar de haber intentado todo tipo de procedimientos o”abracadabras” alópatas, homeópatas, naturistas, alternativo/chamánicos, etc., ingiriendo y untándose todo tipo de tabletas, pócimas y ungüentos, sometiéndose a numerosos exámenes, terapias médicas y esotéricas limpias.

“¡Qué pequeño el conocimiento y cuán grande el misterio sobre nuestro organismo! Vivo en carne propia la irrefutable derrota del bien (la medicina) frente al mal (la enfermedad). Veo con enorme desconfianza a los médicos que se creen poseedores de la verdad, con la suficiencia de sus blancas batas y sus diplomas de universidad extranjera. Me he quedado solo, con el mal a cuestas y con una sensación de derrota que los “tiempos modernos” no pueden remediar”.

En medio de esta especie de infierno ambulante en que se le convierte su propio cuerpo es que empieza a escribir y dibujar, los penetrantes, lucidos y elocuentes, textos e imágenes a los que hoy tenemos la oportunidad de acceder; y, a través de ellos, la “PRP” suya, la que él “vive”, y no de nadie más, se nos revela cargada de contenido, de la concreción irreductible y personal – en extremo solitaria – que reviste a una existencia humana cuando es inundada por el “padecer” una determinada y específica enfermedad.

Marcos Límenes logra plasmar el día a día, por no decir el hora con hora, de la experiencia de una “corporeidad” que se desdobla, que sufriente y deformada, se vuelve contra sí misma, mientras otra parte de ella, intentando mantenerse a flote, la contempla estupefacta sin poder reconocerse en la imagen que le envía el espejo [como en el dibujo de la página 85].

“De pronto soy todo piel, piel roja, irritada. Cuando hablo, la piel está ahí, cuando escribo, cuando ingiero mis alimentos. Pero lo que más me duele es renunciar a la piel como objeto de deseo. Lejanos están los cuerpos sedosos de las adolescentes en la playa, la suave piel de mi mujer. Resulta inconcebible posar la ruda lija de mis manos sobre el musgo y la miel.
El sordo no oye, el ciego no ve. Yo he dejado de tocar el mundo.”


Lo que, de inmediato, resulta sorprendente es que a tras el radical desconcierto y pánico iniciales del enfermo, seguido de un “vía crucis” que no parece tener fin y al cual, sin embargo, hay que habituarse para tratar de continuar con la “vida normal” que, por lo demás, todo el entorno presiona para que así sea, en una suerte de paradójico “familiarizarse con lo extraño” que emerge del propio cuerpo y que propende al desmoronamiento de toda la cotidianidad, a Marcos Límenes no le bastó tomar ciertas medidas prácticas imprescindibles [aplicación por lo menos tres veces al día de su propia fórmula de crema de vaselina y aceite de oliva, el uso de un traje “sauna” de nylon para aislar la ropa de la piel enferma y, al mismo tiempo, mantener la humedad y la lubricación, barredura de las escamas esparcidas a su alrededor, dietas alimenticias, etc.] sino que, espontáneamente, le dio nombre e imagen al inexplicable y absurdo mal que le obliga a esa enloquecida regeneración ardiente propia de un suplicio infernal: “Serpiente Roja”.

Simultáneamente, comienza a trazarla con tinta, lápices de colores, acuarelas, una y otra vez. Tal serpiente, además, es proteica y su serpenteo hiriente, como la variedad de los síntomas, se metamorfosea [a veces cobra la apariencia de un doble satánico, otras la de una enorme rata, de una llamarada que arrasa la tierra, de un taladro eléctrico, de medusa, una plancha, martillazos en el paso del tiempo, grietas que craquelan los recipientes, etc.….dibujos, respectivamente: páginas 44, 42/43, 53, 52, 76/77, 45,103]. Así que hay que perseguirla escondida hasta en los resquicios más oscuros de la corporeidad, es decir, del “escenario” donde se desenvuelve la conciencia de sí mismo. Y si no queremos que su astuto y ondulante rastro desaparezca hay, entonces, que seguir dibujándole y describiéndole, única manera posible de “hacer visible” ese mal que, hasta para la ahora sí “docta” mirada clínica, escapa.

Lo inexplicable y absurdo, inherentes al trasfondo de la enfermedad, tanto como lo inevitable de la muerte, consustanciales al carácter finito de la condición humana, están siendo aquí, en el caso de M. Límenes, encarados con la simbolización de ese extravagante “mal”, que el cuerpo sufre y que aqueja al espíritu o psique de dolor a partir de la expresiva figura de la Serpiente que, entre otras de sus múltiples significaciones, tiene, como dice Alan Gheerbrandt que: “Hombre y serpiente sean opuestos, complementarios o rivales…(símbolo que para incontables culturas e individuos) es un vertebrado que encarna la psique inferior, el psiquismo oscuro, lo raro, incomprensible, o misterioso."   Por lo demás, el ofidio como “ouroboros” – serpiente que se muerde la cola –, sumado a la periódica mutación de su piel, ha sido el símbolo dilecto del ciclo cósmico y su “eterno retorno”, de la regeneración continua [nacimiento-crecimiento-muerte-renacimiento] de la vida del universo.

Por otra parte, hemos dicho, al inicio, que la colección “Cuadernos de Quirón”, que se inaugura con la publicación de “La serpiente roja”, es también muy peculiar; por principio, se acoge al patronazgo de una figura mitológica griega: el celebre centauro Quirón, “el más justo y sabio de los centauros”, diestro en las artes de la caza, la guerra, la música, el canto y en los conocimientos médicos y quirúrgicos; maestro de los mayores héroes clásicos, entre ellos Aquiles y Jasón, y educador del propio Asclepio, este último venerado como dios de la salud [ y, ¡cosa curiosa!, que en su simbólico caduceo domeña a la serpiente]. Hay, sin embargo, un contraste conmovedoramente humano en su mito, pues Quirón va a ser, por accidente, herido por una flecha envenenada lanzada por Hércules, la cual le provoca una herida que no cierra nunca; a pesar de aplicar todo su saber médico no logrará curar la continua supuración y los dolores de su herida; el sabio centauro desesperado renuncia a la inmortalidad como único recurso para librarse del mal que lo tortura. Al morir, Zeus le coloca en el firmamento como la constelación de Sagitario.

De modo que el mítico Quirón no sólo reúne, en sí mismo, la ambivalencia de ser a la vez un equino y un hombre, sino la de ser simultáneamente médico y paciente. Entrecruzar ambas experiencias y miradas [“disease” y “illness”] acerca de la enfermedad – como el polo opuesto y complementario de la salud – es, precisamente, lo que se proponen los “Cuadernos de Quirón”, bajo la dirección del estudioso Mauricio Ortiz. Se trata, sobre todo, de darle escucha y campo abierto a las expresiones de “illenss” del “padecimiento” vívido por el paciente, desde su objetiva-subjetividad irreducible y singular, como un factor orgánico y determinante para tratar de comprender el complejo proceso de la enfermedad; lo cual no es para nada habitual en el ámbito de la práctica médica dominante, ejercida como poder “cosificante” sobre el paciente.

Los investigadores de la salud Octavio Gómez-Dantés y Julio Frenk lo aclaran muy bien en su atinado Prologo a “La serpiente roja”:

“No hay duda de que hay una clara diferencia entre lo que el médico percibe y lo que el paciente experimenta. Por eso Arthur Kleinman distingue la “enfermedad” (disease) del “padecimiento” (illness). Para él la enfermedad es la experiencia vista desde la perspectiva del médico, que tradicionalmente implica sólo una alteración de la estructura o el funcionamiento biológico. En contraste, el padecimiento comprende toda la gama de síntomas y sufrimientos que acompañan al paciente, a su familia y a su red social, y la manera en que responden a ellos.”

Dentro del mismo prologo señalan el enorme despliegue expresivo de la enfermedad realizado por el empalabramiento y la plasmación imaginal de “La serpiente roja”, añadiendo la siguiente reflexión:
“Uno quisiera pensar que esta salida que Marcos Límenes le encontró a su padecimiento le produjo alivio. Que estos textos, directos y conmovedores, aplacaron por momentos su prurito. Que estas inquietantes imágenes llenaron los vacíos que en su mente no pudieron ocupar las explicaciones técnicas. Que esta misteriosa enfermedad, convertida en reto personal, enriqueció de alguna manera su vida espiritual. En fin, que este libro sorprendente le ayudó a reconciliarse con su terco mal y hacerlo suyo.”

Tampoco hay que olvidar lo que el propio pintor declaró, en reciente entrevista, ante la pregunta de – ¿Qué si el hacer arte de su enfermedad había sido una terapia?, a la que responde: “Desconfió enormemente de las opiniones que ven en el arte como una terapia. Más bien, pinte y escribí a pesar de la enfermedad. Porque mi oficio es el de pintor. Y para mí pintar constituye una necesidad vital.” Por supuesto, que conllevaría una aberración extrema considerar el arte como una panacea curativa, encontrándole una razón “útil” que exteriormente lo justificará ante la “sociedad”– concepción hacia la cual tiende siempre el más grosero sentido común –; así como, también, exagerar el polo subjetivo, meramente psicologista, de la enfermedad como sí ésta fuese siempre una pura “somatización”; ambas posturas al “teleologizar” o darle un sentido forzado y reductivo, tanto al arte como a la enfermedad, no hacen sino atentar contra su compleja profundidad y dignidad; pasando por alto el goce – el alivio o la curación en el caso de la enfermedad – y el dolor, que estas experiencias de suyo implican.

No obstante, conforme repaso el libro de Marcos Límenes – donde a pesar de todo el padecimiento relucen la sinceridad, clarividencia y “sana” ironía de su escritura, como la maestría, fineza y audacia de sus “escenas” gráficas –, me inclino a pensar y a desear como sus prologuistas en que el tenaz cultivo de su arte, para expresar sus agudos malestares, operó una suerte de alquimia salvífica en medio de la tormenta del dolor [como en los dos dibujos en los que un hombre a orillas de la oscura corriente la ausculta con una linterna, pág. 92 y 93].

Más aún, que el poder terapéutico de la simbolización actuando de manera sutil – fundamentalmente, restableciendo el equilibrio entre el conciente y el inconsciente, conciliando las insoportables oposiciones entre vida y muerte, y dando cabida al misterio al estarlo recreando –, efectivamente, fue produciendo una especie de balsa que le mantuvo a salvo del último giro de tuerca de la enfermedad, ahí cuando el mal se apodera de la mente y la enloquece [según los griegos, “mate”, “manía”] conduciendo al hombre, por el dolor, hasta la muerte. No es que estas fantasías de muerte no lo acosaran sino que, inclusive, varias veces al día rondan en su ánimo, a veces a punto de hacerle consumir en su hoguera de espantos [buena muestra son los dibujos de las págs. 75, 76/77 y 78/79] y, sin embargo, Marcos Límenes pudo remontar el ramalazo de la desesperación, al menos durante las valiosas horas – para él y para nosotros – en que escribía y pintaba. Así revierte el cerco del dolor de una enfermedad que lo condena por toda la piel hacia la incomunicación radical, retándole con un exceso de vitalidad, no exento de un tinte heroico, que va más allá de la virulencia maligna; no acallando ese “grito de los órganos” que es la enfermedad sino llevándolo, como él sabe, al “con-tacto” comunicativo de su arte, amistoso y abierto para con los hombres.

De una manera análoga al comentado caso de Aby Warburg [ver “Correo del sur” # 129, Mayo 3, 2009], que con su “Ritual de la serpiente”, acerca de los ritos Hopis, conjuraba su enfermedad mental, confrontando a las potencias negativas de la serpiente que estrangulaba a Laocoonte con las potencias positivas de la serpiente que inspiraba a Asclepio. Marcos Límenes sirviéndose del ofidio en alianza con el centauro [espiritualizante] Quirón, le gana la partida a la parte malvada del reptil, una serpiente roja que le cubre como lo hiciera Deyanira con su manto envenenado a Hércules, un manto que le incendia la piel y que estaba, precisamente, emponzoñado por la sangre del centauro [violento y zafio] Neso ; a ambas negatividades reta con éxito el pintor.

Y mientras el anhelado augurio de que la “PRP” remontaría en, aproximadamente, tres o cuatro años, en el curso de un purificante renacer, musitemos al lado del pintor su “plegaria”:

“(…) Aleja a los monstruos del desaliento y convierte las largas horas de sufrimiento en un tiempo nuevo y recobrado. Amén.”